De Tatiana a Eugenio
Autor: Tatiana a Eugenio Oneguin (novela en verso escrita por Aleksandr Pushkin (Moscú, 1799-1837), clásico de la literatura rusa, publicada por entregas entre 1823 y 1831).
Dirigido a: a Eugenio Oneguin
Escrita entre 1823 y 1831.
“Ya la escribo. ¿Qué más quiere? ¿Qué puedo yo decir aún? Sé que ahora puede castigarme con su desdén; pero si usted guarda un poco de compasión para mi triste suerte, no me dejará.
Al principio quise callar, créalo; usted no habría conocido nunca mi vergüenza si yo hubiese tenido la esperanza de verle en nuestro pueblo, aunque fuera un poco, aunque sólo fuera una vez por semana, para oír su voz, decirle una palabra y después pensar, pensar en lo mismo día y noche, hasta el próximo encuentro.
Me dicen que usted es misántropo, que en este rincón todo le parece aburrido, y nosotros…, nosotros no sobresalimos en nada, aunque su vista nos alegre sinceramente. ¿Por qué nos visitó? En el fondo de este olvidado pueblo nunca le habría visto y no conocería las amargas torturas. ¡Quién sabe si tal vez se calmaría la inquietud de mi alma inexperta! Guiada por el corazón, yo encontraría un amigo, sería una esposa fiel y una madre virtuosa.
¡Otro! No; a nadie en el mundo entregaré mi corazón. Esto fue decidido en el consejo supremo, esto es la voluntad del cielo: soy tuya. Toda mi vida fue testigo de una entrevista segura contigo; sé que me eres enviado por Dios hasta la tumba. Guardián mío… Tú me aparecías en sueños; invisible, me eras ya simpático; tu maravillosa mirada me hizo languidecer; en mi alma resonó tu voz hace tiempo.
¡No, esto no era un sueño! En cuanto tú entraste, te reconocí; al instante, atónita y ardiendo, pensé en mí: “Este es él”. ¿No es verdad? Yo te oí, tu hablaste conmigo en el silencio, cuando ayudaba a los pobres o trataba de calmar con rezos la tristeza de mi alma atormentada. Y en este mismo instante, ¿no eres tú, aparición querida, la que, pasando por la transparente oscuridad, te inclinas silenciosamente a mi cabecera? ¿no fuiste tú quien me murmuró con alegría y amor palabras de esperanza? ¿Quién eres? ¿Mi ángel, mi protector, o un pérfido tentador?
Resuelve mis dudas; tal vez todo esto sea un simple engaño de un alma inexperta, que está predestinada a todo lo contrario. Pero que ¡así sea! Onieguin, te confío mi suerte, derramo lágrimas ante ti, suplico tu defensa.
Figúrate: yo estoy sola; aquí nadie me comprende; mi razón está agotada; tengo que perecer silenciosamente. Te espero; con sólo una mirada avivas las esperanzas de mi corazón o deshaz el profundo sueño, ¡ay de mí!, con merecido reproche.
Termino; me da miedo volverla a leer. Me hiela el terror y la vergüenza. Pero conozco vuestro honor y en él confío con ánimo”.